Felicidad o bienestar corporativos son términos manidos en los últimos tiempos. Posiblemente en auge tras la pandemia mundialmente vivida por la Covid-19, a partir de la cual el paradigma del mundo laboral empezó a cambiar: mayor conciliación a raíz del teletrabajo, mayor preocupación por la persona en un momento de incertidumbre y miedo y mayor cuestionamiento de nuestro modelo de vida y sentido de propósito.
Tan sólo en Estados Unidos, según datos del U.S. Bureau of Labor Statistics, en 2021 renunciaron a tu trabajo unos 47 millones de personas aproximadamente, cifra nada desdeñable que dio lugar al fenómeno conocido como la Gran Renuncia. Si bien pudiera parecer un hito alarmante, es cierto que, según este mismo organismo, la situación se inició hacía más de una década.
Cabe decir que en países con una legislación laboral distinta esta renuncia masiva no se produjo en los mismos términos, aunque no podemos obviar que existió, y existe, algo conocido como la gran renuncia silenciosa. Se trata de “renunciar sin dejar el trabajo”, es decir, es de hacer lo mínimo por lo que nos pagan, con carencia de proactividad, como autómatas que por inercia se mueven.
No obstante, este cambio de paradigma no hace más que poner de manifiesto una realidad de la que no podemos escapar. Ya en 2017, el estudio de Gallup titulado The Worlds Broken Workplace, realizado en más de 100 países, nos mostró que el 85% de las personas no eran felices en el trabajo. Si a ello le sumamos que el 79% de las personas no se sienten comprometidas en el trabajo, según datos del 2025 del estudio global anual de Gallup, que en el Foro Económico Mundial de 2022 se concluyó que el 49% de las personas están en riesgo inminente de burnout y que desde 2013 la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo estima que las pérdidas anuales para economía de la zona asociadas a bajas laborales por problemas de salud mental ascienden a 240.000 millones de euros, tenemos la tormenta perfecta para darle la importancia que merece a lo que aquí estamos tratando.
La cuestión es, ¿tiene sentido trabajar la felicidad o bienestar corporativos?
Trabajar la felicidad en el trabajo es temerario, en tanto en cuanto no podemos decirle a alguien cómo ser feliz. No existe una receta de la felicidad unívoca, pues es personal y subjetiva, aunque contemos con elementos objetivos transversales. Por otro lado, circunscribirnos a incrementar el bienestar en el ámbito profesional se me antoja pobre, ya que depende de la construcción de herramientas por parte de la organización que nos hagan la vida más amable. Ello no quita que abrace y celebre cualquier política de bienestar que queramos implantar.
¿Dónde nos deja todo esto?
Tras más de 7 años de trabajo en este campo con empresas de diverso tipo en distintos países, puedo afirmar que si queremos crear empresas que sean nuestros mejores lugares para trabajar y que ofrezcan mayor compromiso, sentido de pertenencia y los mejores resultados, debemos centrarnos en optimizar el estado emocional de las organizaciones para llevarlos a una excelencia que bauticé como estado de Felicidad Eficiente empresarial. Un estado en donde la ineficiencia se corrige gracias a la humanización del trabajo, permitiéndonos estar alineados en una multiplicidad de áreas y dar nuestra mejor versión.
¿Sabes cuál es la buena noticia?
Que alcanzarla depende única y exclusivamente de cada uno de nosotros, con independencia de nuestro cargo. A mayor rango de responsabilidad, mayor capacidad de influencia, pero lo relevante es que la Felicidad Eficiente se cultiva y aflora a partir de cada interacción humana que tengamos.
¿Cuáles son algunos pasos que puedo seguir para llegar al nivel de Felicidad Eficiente empresarial?
1.- Entender que no existe una vida personal y una vida profesional.
Durante años pretendí que mi yo personal y mi yo profesional fueran distintos, cayendo en una especie de despersonalización, pues, lamentablemente, dejé de ser yo y de brillar. Todo porque, a pesar de mantener cada faceta en departamentos estancos, las emociones que sentía en una me afectaban seriamente en la otra. Ahí radica el quid de la cuestión.
Nuestras emociones son el nexo entre las distintas esferas vitales, y escribo “esferas” o “facetas” porque son distintas caras de un todo, nuestra vida, única e irrepetible. Por ello, debemos aspirar a despojarnos de papeles o máscaras y ser nosotros todo el tiempo. Esto no quita que elijamos mostrar más o menos de nosotros, pero sí que haya una coherencia en valores y comportamientos, base para nuestra integridad personal y buen hacer.
2.- No frustrarnos ante lo que no podemos cambiar.
Pretender cambiar aquello que no puedo controlar nos genera una frustración e impotencia fruto de la falta de dominancia o influencia sobre aquello que está fuera de nuestro alcance. No obstante, lo inteligente en este sentido es centrarnos en aquello que sí podemos cambiar o, al menos, sobre lo que actuar. Esta zona en donde tenemos cierto margen para obrar es la que me gusta llamar el marco prefijado de actuación. Dicho marco será más o menos amplio en función de mis responsabilidades y competencias, pero siempre existirá uno.
Este es el escenario en el que hemos de abandonar la queja a favor de la búsqueda de soluciones.
3.- Conocer, preocuparnos y cuidar a las personas con las que trabajamos.
Una forma genuina de establecer conexiones de verdad se basa en mostrar interés real por los compañeros de trabajo, no hablando sólo de trabajo sino yendo más allá. Todos queremos, en mayor o menor medida, ser escuchados pues cargamos una mochila vivencial allí donde vamos. En definitiva, todos somos más que el trabajo que hacemos, todos anhelamos sentirnos alguien.
¿Cuál es la forma más sencilla de empezar? Realizando la pregunta más infravalorada del mundo, “¿cómo estás?” La hemos normalizado e integrado en nuestro saludo pero si tras efectuarla decidimos callar y dar espacio para la respuesta, la magia puede empezar a suceder. Conozco numerosas personas que tras esta práctica consciente han dejado de recibir la clásica respuesta estándar para escuchar problemas, inquietudes, sueños o alegrías que las otras personas le explican.
Es el inicio para que convertirnos en lo que denomino influencer de humanidad, generando confianza, conexión, complicidad y seguridad psicológica para poder ser nosotros todo el tiempo, tal y como apuntábamos anteriormente.
4.- Dialogar más allá de la comunicación. La puerta a la empatía.
Dialogar implica no simplemente transmitir un mensaje, sino escucharlo y, sobre todo, trabajar por comprenderlo, aunque no necesariamente estemos de acuerdo.
En numerosas ocasiones, clientes me preguntan si es bueno ser transparentes en la transmisión de un mensaje y mi respuesta es rotundamente sí. Queremos certidumbre y tranquilidad, aunque haya noticias que sean un tanto amargas, para lo que entra en juego el arte de cómo transmitir la información. Si a ello le sumamos nuestra capacidad de escuchar, todo el mundo nos querrá cerca, seremos ejemplo positivo, tendremos mejor información y las relaciones fluirán.
Este proceso nos abre la puerta a la empatía, ya que su principal elemento es la comprensión a partir de una buena escucha que nos lleve a proporcionar adecuado apoyo emocional. Porque escuchar es la forma más básica de amar.
5.- Ser fieles a nuestros valores.
En sintonía con esa aspiración a ser nosotros todo el tiempo, hemos de conocer nuestros valores para saber si encajamos en un sitio o no. La cultura de una empresa se rige principalmente por los valores y si no estamos en la misma onda de frecuencia será difícil percibir que pertenecemos a ese grupo, nos sentiremos fuera de lugar y nos generará rechazo. Buscar a personas afines en el trabajo hará que podamos ser nosotros todo el tiempo, desplegar nuestra mejor faceta y tener ganas de ir a un lugar que sientes familiar y propio.
En este punto, invito a descubrir nuestros valores y los del lugar de trabajo en el que nos encontremos de una forma sencillísima, observando cómo son los comportamientos. De ellos deduciremos los verdaderos valores, no aquellos que decimos tener.
6.- Hambre para ser mejores, una oda a la autorresponsabilidad.
Todo ser humano encuentra satisfacción en ver cómo es capaz de hacer algo porque percibe que es útil. Si a ello le sumas que puede intentar superarse, la autopercepción y confianza en uno mismo se disparan, ya que siente que puede mejorar.
Bajo esta profunda idea nace la necesidad de ser mejores y no conformarnos con lo que tenemos. Un problema que me comparten muchas empresas es que proveen de las mejores condiciones a tus trabajadores pero muchos de estos se acomodan, aburguesan y dejan de intentar superarse.
Aquí la clave está en trabajar esas ganas de ir más allá, de retarse y de motivarse, entendiendo motivación como conjunto de motivos que nos impulsan a lograr algo. Cuando conseguimos entrenar esta forma de actuar, despertamos una autorresponsabilidad que nos lleva de la reactividad a la proactividad, invitándonos a agarrar las riendas del trabajo y, cómo no, de la vida.
7- Propósito y esperanza, encuentra un motivo para ir a trabajar más allá del dinero.
Todo trabajo existe por alguna razón. Recuerdo en uno de mis viajes a Tulum, México, para ir a ver a uno de nuestros clientes, el conductor me dijo que su trabajo cumplía una gran función. No se trataba simplemente de transportar personas de un lugar a otro, sino que contribuía a que éstas fueran más felices al ser una pieza clave para sus vacaciones.
Otorgar significado al trabajo es necesario para elevar la percepción de lo que hacemos y entender que todo responde a algo, nos da un sentido.
Dentro del propósito también cabe cuestionarse si el modelo de vida que tenemos es acorde a quienes somos. Quien escribe estas líneas estuvo años viviendo una vida desalineada con lo que era, llegando a pasar momentos muy complicados a nivel emocional. Aprendí que, con independencia del trabajo que llevemos a cabo, es de vital importancia hacer algo que nos llene o, al menos, que no atente contra nuestra esencia.
Finalmente, la llama de la ilusión que va a mantener el propósito vivo va a ser la esperanza, una habilidad que te mantiene positivo aun en momentos adversos porque descansa sobre esa visión por la que desempeñamos nuestro trabajo.
Los siete puntos observados son algunos de los pilares Felicidad Eficiente. Eso sí, es posible que surja una importante pregunta: ¿y qué hay del dinero que cobro? No me refiero a él explícitamente como puntos que nos aproximen al estado de excelencia emocional deseado por dos motivos.
El primero es que nuestra retribución es causa del contrato de trabajo. Dicho en otras palabras, sin contraprestación económica por lo que hacemos no existe relación laboral. Por esta razón, referirnos a un buen salario sería como decir que para hacer un buen coche necesitamos que tenga ruedas. No es requisito para que sea un buen vehículo, es premisa para que hablemos de coche y no de otra cosa. Eso sí, siempre teniendo en cuenta que la retribución sea digna para nuestras aspiraciones, con realismo.
El segundo, porque se ha demostrado que el dinero que cobramos no determina que un trabajo nos guste más o menos. Fruto de la dopamina que segrega nuestro cerebro, nos
inunda una sensación de bienestar con cada aumento salarial que, por cierto, desaparece en cuestión de semanas o meses. ¿Por qué? Porque no toca lo más fundamental y humano que tenemos, la forma en como nos sentimos y hacemos sentir a los que nos rodean. Lo he vivido y lo vemos en clientes pero, si no es suficiente, invito a reflexionar sobre lo siguiente. ¿Cobrar más en un lugar deshumanizado nos hace estar mejor que cobrando menos en otro en el que podamos brillar como persona?
En conclusión, el camino de la Felicidad Eficiente necesita voluntad y trabajo personal. Precisa de preguntarnos qué podemos hacer desde nuestra posición para que buenamente construyamos nuestro mejor lugar para trabajar y, en consecuencia, aspiremos a ser más feliz.
No siempre va a ser fácil y habrá situaciones que se nos escapen, pero no concibo otra forma de vivir. Me aterra la idea de estar en mi lecho de muerte y lamentarme de haber trabajado demasiado en algo que no me hizo feliz y me hizo tirar mi vida.
Porque ya lo decíamos al inicio del presente artículo, eres responsable de crear tu mejor lugar para trabajar para que tu día a día tenga sentido. Tú decides.